2006-11-25

36) LOS LIBROS RESISTIERON

“UN ELEFANTE OCUPA MUCHO ESPACIO” (*)
UNA DICTADURA TAMBIEN…..

Dicen que no hay poder sin escritura. Tampoco hay poder sin destrucción de papeles, documentos, libros. La última dictadura civico-militar de la Argentina se esmeró en “ interferir en la circulación de los libros que con su viejo y misterioso prestigio encarnan el ámbito de los pensamientos del mundo sin confines”
El poder económico que esperaba agazapado en sus guaridas la oportunidad de dar el zarpazo, había puesto a anidar sus huevos al calor de la resistencia popular en crecimiento y cuando dio el golpe, apuntó a “desarticular la red de organizaciones populares de base”.
El nuevo proyecto de acumulación capitalista y reconversión del modelo económico que comenzó a instalarse a partir del 76, necesitó no sólo del extermino físico de los oponentes. El terrorismo de Estado tuvo también una estrategia de desarticulación cultural. La Clandestinización de la vida abarcó la prohibición de libros, música, obras de teatro, películas, actividades culturales, sospechosos de “hacer pensar”. Por medio de listas negras, memorandos, papeles informales, informes desfavorables, recomendaciones verbales, bombas, incendios o la desaparición lisa y llana se intentó destruir un estado de conciencia colectivo y cultural.
Leemos en “Un golpe a los libros”: "...la desaparición del cuerpo de las personas se corresponde el proyecto de desaparición sistemática de símbolos, discursos, imágenes y traiciones. ...la estrategia hacia la cultura fue funcional y necesaria para el cumplimiento integral del terrorismo de Estado como estrategia de control y disciplinamiento de la sociedad argentina”.
Los “intelectuales” de la dictadura clasificaron los libros que podían circular y que se podían impartir en las escuelas y bibliotecas. Algunos libros fueron absueltos, aquellos que eran “no marxistas”, o que no contradecían “los principios de la Constitución Nacional”. En las bibliotecas municipales (B.M.), una vez identificados como peligrosos se retiraban las fichas de esos libros, y las obras “pasaban a ser inexistentes: desaparecían.
Por ej. unas de las órdenes indicaba “hay que sacar los libros peronistas de las bibliotecas y quemarlos en el fondo”. Una empleada de entonces de la sección Inventario, Elsa Morales de Galetti recuerda: “Yo no lo voy a hacer, los voy a guardar en el entrepiso”. Una parte del material prohibido quedó en el edificio de Talcahuano 1261 y otra cantidad fue apilada en la Biblioteca Joaquín V. González de Suárez 408 de La Boca”
Un ordenanza y chofer, Emilio Florentín relata: “Nadie hablaba de esos textos (los que habían sido prohibidos y había que sacar de las estanterías), pero la idea que teníamos era que los iban a quemar o a tirar. Por eso a veces yo sacaba algunos, temprano a la mañana y los dejaba en el kiosco de diarios... o en algunos conventillos para salvarlos”. -
“La sensación era que estábamos observados”, manifiesta Carlos Noli, ex jefe B.M. del Barco Centenera; “....mas de una vez el Intendente Cacciatore se presentaba en mangas de camisa en alguna biblioteca, como si fuera un lector, preguntaba si podía asociarse, si los servicios eran gratuitos, revisaba el fichero y se iba”.
La presión ejercida con el Terrorismo de Estado fue física, política y cultural. Pero debemos decir que importantes sectores del pueblo también resistieron, junto con los libros.

Los datos, citas e informes entrecomillados han sido extraídos del libro “Un golpe a los libros” Represión a la cultura durante la última dictadura militar. H.Invernizzi. J.Gociol. Eudeba. 2003
(*) Libro de Elsa Borneman, prohibido….porque..relataba ¡una huelga de elefantes¡¡¡-

TESTIMONIOS:

“Esta es la cara más perversa del terror:
Ya no los libros que el régimen quemaba sino
los que se eliminaban por propia decisión”.


El terror instaurado y ejercido en forma directa, generó también la autocensura que se esparcía como ondas provocadas por piedra tirada en el agua. Se dejaba de leer o de estudiar determinados materiales, se enterraban libros en el jardín o se ocultaban en entrepisos y pasadizos disimulados en las paredes. Se inventaron cientos de artilugios para salvar el tesoro de los libros, aún a costa de aumentar el peligro sobre nuestras vidas. Esto fue también parte de la resistencia contra la dictadura, que muchos hasta hoy continúan negando.
Los siguientes relatos nos muestran el desgarro que provocó la represión, pero también nos da cuenta de la imaginación y la resistencia con que se le hizo frente a la noche más terrible:

“Los enterré, y los desenterré en el 83”.
“Un día muy temprano, unos camiones del ejército pararon en los monoblocks del barrio Kennedy donde yo vivía. Tocaron timbre, departamento por departamento, y lo que me sorprendió es que sabían exactamente qué iban a buscar en cada casa. En la mía había dos bibliotecas, muy grandes y muy distintas: las lecturas románticas de mi padre, y las mías, mas politizadas, por mi tarea de profesor de educación cívica. El comentario fue: usted lee mucho y lee distinto que él. Por supuesto que yo todo lo que tenia que podía indicar alguna tendencia de izquierda ya lo había eliminado, los enterré y los desenterré después del 83, estaban bien, así que volví a leerlos pero de otra manera, mas equilibrada y dolorosa”. Juan Carlos Osma, prof. de Educ. Cívica.

“Mis libros y yo nos resistimos”
“La empleada de la casa me dijo: es peligroso tener esos libros en la biblioteca, señora, le conviene tirarlos. Mis libros y yo nos resistimos. Los di vuelta, los lomos quedaron mirando al fondo. Yo sabía cuál era cuál, pero de repente todos eran iguales”. María Rosa Andreotti.

“Los rompí con mis propias manos….se me caían las lágrimas”.
“Mi experiencia más directa y primera de destrucción de libros fue en propia oficina. Un día, en el 76, Juan Granica me dijo que íbamos a tener que sacar todas las obras que estaban en las estanterías. Las rompí con mis propias manos. Me acuerdo todavía de la sensación que tuve cuando agarré el primer libro y le arranqué la tapa, fue terrible, se me caían las lágrimas. Era romper y tirar, romper y tirar….” Carlos Firpo, imprentero.

“Los hacíamos guillotinar y convertir en pasta de papel”.
Desde el exilio, el director Juan Granica, volvió a insistir en que había que desprenderse de la bibliografía. Como eran cantidades grandes, ya no se trataba de romper uno a uno con la mano, pero tampoco podíamos mandar los ejemplares enteros a regazo. Así que lo que hicimos fue cargar el material en camiones y llevarlo a lo de un imprentero amigo que los guillotinaba. Las cargas eran de día, a media mañana, y el riesgo era enorme, temblábamos pensando qué pasaba si por causalidad pasaba un patrullero. De la imprenta iban aun molino donde convertían todo en pasta de papel”.

Secuestro de libros
Eudeba. Intervención. Descarta libros , “Fuera de venta. NO destruir”. Se ordenó colocarlos en el sótano. Los empleados, que justamente temían su destrucción ,. Se apresuraron a acomodarlos con el cartel bien a la vista” “El 27 de febrero de 1977 a las 7 y media de la mañana, 4 camiones militares, al mando del Tte. 1° Xifea, estacionaron frente a Eudeba. La Policía Federal cortó el tránsito a tres cuadras a la redonda.. .. los soldados comenzaron a cargar el material en los camiones de transporte militar, bajo la mirada atónita de algunos transeúntes y del ex director ejecutivo,, Rogelio García Lupo, al cual un amigo le había avisado que se libraría ese inesperado combate entre soldados y libros, a pocos metros del Congreso de la Nación…fueron llevados entre 80 y 90.000 volúmenes. ..los guardaron en un depósito y los libros terminaron secuestrados por el Ejército…. no sólo desaparecieron libros de Eudeba. También empleados….

“Quemábamos papeles en la bañera”
“Al principio tuvimos mucho miedo; yo cada vez que me iba para la editorial le decía a mi vecina que si a determinada hora no volvía, se llevara a mis tres hijos a la casa de mi mamá. Pero, a la vez, nos acostumbramos a trabajar en ese contexto de terror. El escritorio donde yo me sentaba tenía un agujero, que fue dejado por el impacto de una de las bombas que tiraron a la editorial y yo apoyaba los papeles al lado. De repente llamaban de un depósito, nos avisaban que había habido un allanamiento y que venían para la redacción. Nosotros nos preparábamos, tirábamos carpetas, encendíamos agendas en el jardín, incinerábamos papeles. Les decíamos a los vecinos que íbamos a hacer un asado y quemábamos papeles en la bañera, que quedaba negra del humo”. CEAL Centro Editor de América Latina. Graciela Cabal, escritora.

“Destruir parte de uno mismo”
“El primer título que nos prohibieron fue Olimpo de Blas Matamoro, por decreto del PEN, firmado por Jorge Rafael Videla. Un mediodía aparecieron en la editorial, que por entonces estaba en Talcahuano 463, dos carros de asalto con uniformados y armas largas que patearon los libros y se subieron a los escritorios. Nosotros acabábamos de distribuir el texto en todo el país y nos dieron 24 hs. para restituir los ejemplares….después tuvimos que retirar del mercado el de Enrique Medina, y también títulos de Rodolfo Puiggrós, Juan Gelman, Haroldo Conti y Hernández Arregui. Los sacábamos de circulación y los destruíamos. Partíamos los ejemplares y los tirábamos en bolsas de basura en un container. Nos hemos desecho de por lo menos 40 0 50.000 libros. Y eso no sólo implica un perjuicio económico, es destruir parte de uno mismo”. Manuel Pampím, responsable del sello Galerna.

“Caracoles”
“Tengo grabadas imágenes bastante alucinantes de los atardeceres en la ciudad de Córdoba. Gente que deambulaba por las calles con paquetitos, con valijas donde llevaban los libros, cuando se iban a dormir de un lado a otro. Parecían caracoles con sus caparazones a cuesta. Así era todo, silencioso y sórdido.
Laura Devetach. Autora de La Torre de cubos, libro prohibido por la dictadura. En la reedición dedicó el libro a “los que hicieron rodar estos cuentos cuando no se podía…”

“Leer significaba luchar”
“Durante la dictadura las librerías de viejo se habían transformado en los escaques significativos de un catastro semiclandestino. Eran puntas de icebergs. A su vez, disponían de vasos comunicantes con los cines Arte, Cosmos, con el Teatro de la Sociedad Hebraica y con la Cinemateca del Teatro San Martín. Todos ellos, refugios de la tormenta. Entonces, un libro era eufemismo por búsqueda desesperada. Leer significaba luchar por el derecho personal a leer. Nunca se leyó con tanta ansiedad y fervor como en la época de la dictadura: se lo hacía desesperadamente, porque cada libro encontrado era una joya. Las librerías de viejo eran yacimientos, lugares donde el ojo se había entrenado para reconocer la veta fina, de la cual se rescataban pepitas asidas con dedos ennegrecidos de suciedad y portadas luego con gestos de carbonario. …” Christian Ferrer. Sociólogo y profesor de la UBA

“Los libros me lo hicieron saber”
“Una mañana, mientras traducía en mi escritorio, oí un ruido muy fuerte a mis espaldas, como una descarga. Vení de mi biblioteca. Me di vuelta, pero nada había cambiado. En ese momento pensé: mataron a Juan Carlos. Los libros, solo ellos, me lo hicieron saber”. María Rosa Andreotti. Artista plástica y hermana de Juan Carlos, desaparecido.

( Testimonios recabados del libro “Un golpe a los libros” Represión a la cultura durante la última dictadura militar. Hernán Invernizzi. Judith Gociol. Eudeba. 2003 (cuya lectura recomendamos calurosamente) y de la muestra artística “A 30 años del Golpe”, Centro Cultural Recoleta. Bs. As. Argentina).


INVITACION:
Me gustaría mucho que aportaras a la construcción de este blog y a la reconstrucción de nuestra memoria, contándonos experiencias propias o de conocidos, relacionadas con los libros y lecturas durante la última dictura cívico-militar que padeció nuestro páís.

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